Para dimensionar el mercado de trabajo consideramos necesario partir de la demanda de trabajadores que las empresas agrícolas requieren, y no en función de la superficie, ya que si bien los cultivos absorben una determinada proporción de mano de obra por unidad de superficie, existen factores que propician que los índices sean imprecisos, pues los productores se inscriben tanto en mercados diferenciados en los sistemas de cultivo como en el destino del producto, así como en los procesos posteriores a la cosecha.

Las diferencias determinadas por los sistemas de producción se deben a que, en la medida en que el cultivo se vuelve más intensivo, los procedimientos de siembra y de labores de cuidado absorben más fuerza de trabajo, posiblemente porque en lugar de sembrar semilla se siembran plántulas, además de utilizar sistemas de espaldera y de acolchado, etcétera. Es decir, se desarrollan mecanismos para acortar los procesos desarrollados en el terreno, así como también tecnologías que hacen más intensivo el trabajo por unidad de superficie, lo cual en la práctica intensifica el trabajo en el campo.

De igual manera, el destino del producto o la forma como se vende genera una gran diferencia en la absorción de fuerza de trabajo, incluso en un mismo cultivo. Si el productor comercializa su cosecha en pie, sólo contrata jornaleros para la siembra y labores de cultivo; pero si lo hace directamente en el mercado, entonces incluye personal para la cosecha y el empaque.

Si el producto tiene como destino principal el mercado nacional, los procesos de selección de calidades y niveles de maduración son simples, pues no se precisa una elevada vida de anaquel debido a que los mercados-destino del producto se encuentran relativamente cercanos. Además, como no se establecen especificaciones importantes en la calidad, la selección se vuelve una actividad simple y se concentra en la diferenciación de niveles de maduración y tamaños, en función de los mercados-destino.

Cuando el producto se destina al mercado internacional, requiere el desarrollo de procesos de selección por parte de los productores; que éste posea una mayor vida de anaquel; que los procedimientos de lavado y desinfección satisfagan las normas de los sistemas fitosanitarios; y que los niveles de maduración del producto puesto en frontera posean los estándares de exigencia establecidos por las aduanas, de tal forma que la producción pueda ser distribuida y vendida en las condiciones de bioseguridad instituidas en los mercados-destino, además de separar el producto por calibres y niveles de maduración.

En la medida en que el destino del producto se dirige a mercados más amplios y lejanos, los procesos de trabajo se vuelven más complejos, ya que se modifican la siembra y el cultivo, se incrementan los tiempos de poscosecha, y esto hace que para un mismo nivel de producción la demanda de la fuerza de trabajo se incremente. Además de lo anterior, la intensificación del proceso de producción tiene como resultado el aumento de los rendimientos por hectárea.

Por otra parte, el hecho de que una parte importante de los productores no venda directamente en el mercado plantea la posibilidad de que una unidad empleadora, careciendo de tierra, mediante la agricultura de contrato y con tan sólo la propiedad de empaques, una cadena de frío y su sistema logístico, pueda brindar empleo a miles de jornaleros en los procesos de corte, acarreo y selección. Este fenómeno es frecuente en la comercialización del mango, ya que una empresa se instala en una región manguera –Tapachula, por ejemplo– para allegarse el fruto, compra huertas en pie o “ataja” 8 a los productores que llevan el mango a los centros de acopio, y cuando ahí se acaba la producción se va a otra entidad donde esté por comenzar la cosecha.

En la información que la ENJO 2009 arrojó, el mayor número de unidades empleadoras lo constituyen las empresas agrícolas que contratan de seis a veinte trabajadores, lo cual representa el 36.3%. El segundo lugar es ocupado por las empresas que contratan de uno a cinco jornaleros; mientras que las empresas que contratan a más de cincuenta trabajadores representan el 19.9% del total. Por número de UE las más grandes suman un porcentaje relativamente reducido, pero por número de trabajadores absorben más de 70% de los jornaleros.

Otra característica del mercado de trabajo agrícola es que en los segmentos de uno a cincuenta jornaleros la contratación permanente es reducida, menor del 10%, pero en la medida en que la cifra de trabajadores contratados por empresa crece, también se incrementa la demanda de trabajadores permanentes.

Una situación similar se presenta en cuanto a la demanda de mano de obra femenina. En general, en las unidades de producción pequeñas el empleo de mujeres es bajo y se incrementa conforme lo hace su tamaño. En las empresas de uno a cinco trabajadores, la mano de obra femenina representa el 10.9%; en las de seis a veinte empleados, 18.5%; mientras que en las de veintiuno a cincuenta jornaleros significa el 21.7%. En las de mayor tamaño la presencia de mujeres equivale a uno de cada tres trabajadores.

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